Como ying y yang.

Caminaba apresurada, sus rizos castaños se movían violentamente al compás de su paso y el contoneo de sus caderas hacía que su falda a la rodilla tuviese un movimiento divertido, él sólo caminaba a su lado, observándola. 
Hacía siete meses que conocía a aquella chica de profundos ojos cafés, la vio sentada en la sala de espera de un dentista y comenzó una conversación con ella como quien no quiere la cosa, para terminar saliendo a tomar un café y cinco meses después pidiéndole que fuese su novia, él no podía creer su suerte, ella era tan hermosa, sus 160 centímetros en totalidad, desde sus rizos castaños hasta las pecas que abarcaban sus mejillas y parte de su nariz, su cuello pálido y estilizado, su hermosa cintura, sus piernas torneadas y aquellos pequeños pies que a él le parecían tan graciosos, la amaba, simplemente la amaba.
Ella parecía ir ajena a todo, tomado de su mano iba el chico moreno que había conocido en el dentista y que le había parecido tan molesto... un hermoso moreno, muy alto, mucho más que ella, tenía músculos bien formados, caminaba lentamente observándola, tenía rizos en su cabello y una hermosa dentadura que mostraba con una sonrisa reluciente que le alegraba el día, él era tan inteligente, dinámico, alegre, protector, sincero, tierno, detallista y hermoso que parecía un sueño, ella, una chica pálida, sosa, estudiosa, mandona, celosa, directa, fastidiosa, perfeccionista... se había sacado el premio gordo, y ahí caminaban los dos, uno junto al otro, sintiéndose los más dichosos del mundo y a la vez unos desgraciados por no ser suficientes uno para el otro, lo que ellos no sabían era que encajaban tan perfectamente, eran tan diferentes que se volvían iguales, él hacía que ella sonriera y ella lo hacía enseriarse ante la vida, como una combinación perfecta entre cosas completamente opuestas, como armónicos, como Ying y Yang. 

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